viernes, 20 de febrero de 2015

Jane Hawking: Hacia el infinito. Por Fernando Vidal

Hawking, Jane: Hacia el infinito. Mi vida con Stephen Hawking. Lumen, Barcelona, 2015 (edición original de 2008). 560 páginas. Traducción de José Luis Delgado Pérez. Comentario realizado por Fernando Vidal (Universidad Pontificia Comillas, @fervidal31).

Hacia el infinito, las memorias de Jane Hawking, es una extraordinaria historia de superación de la discapacidad grave en una sociedad no preparada para ayudar a las familias que la sufren. También es una experiencia de progresiva alienación de una mujer que se niega a vivir a la sombra de una celebridad mundial. También hay una relación de desencuentro entre el ateísmo de Stephen Hawking y la religiosidad de su mujer. Y finalmente es una muy complicada historia de amor que pide comprensión. Desde luego, es un retrato de Stephen Hawking en el que además de alabar los méritos, no ahorra críticas sinceras y bastante leales. El libro abunda en múltiples detalles propios de la vida cotidiana, cuya insignificancia dialoga con los intentos de Stephen para hacer una teoría de todo el cosmos. Tras leerlo, uno se queda con las ganas de que el libro cierre ese diálogo: la teoría del todo en el cosmos y en el amor puede que sean la misma. Mi conclusión es ésta: la única Teoría del Todo es el Amor.

1. El libro de la Teoría del Todo

Hacia el infinito es el título original del libro en que está basada la premiada película La Teoría del Todo, dirigida por James Marsh, donde se cuenta la historia del matrimonio entre Stephen y Jane Hawking. Una versión mucho más amplia del libro fue publicada por primera vez en 1999 bajo el título Music to Move the Stars. Con motivo del estreno de la película una nueva edición revisada fue publicada en 2015. El lector se encontrará en las librerías que la portada original ha sido cubierta con una sobreportada en la que se muestra el póster original de la película. Así pues, en la práctica parece que es un libro con tres títulos: Música para mover las estrellas, Hacia el infinito y La teoría del todo. El guión para la película –basado en las memorias Hacia el infinito- fue escrito en 2013 por Anthony McCarten y está disponible bajo el título “The Theory of Everything” en http://gointothestory.blcklst.com/wp-content/uploads/2014/11/Theory-of-Everything-The.pdf


El libro son las memorias de Jane Wilde Hawking. Sometida a una fuerte polémica y escrutinio, la primera esposa del cosmólogo Stephen Hawking decidió dar su versión. El curso vital de Jane le condujo a una progresiva alienación frente a la cual sus memorias tienen mucho de liberación y también ajuste de cuentas. En consecuencia, es una lectura difícil ya que junto con la larga historia amorosa y superación entre Stephen y Jane, hay también una crítica interpretación de las causas del fracaso de su matrimonio. Cuando salía del cine, escuché que un espectador detrás de mí decía: Habría que conocer la versión de él. En efecto, es una parte de la historia y si bien no sabemos hasta qué punto es tendenciosa, sin duda requiere prudencia a la hora de enjuiciar. No obstante, aunque duras, las críticas de Jane son medidas y bastante leales. Las memorias de Stephen Hawking –Breve historia de mi vida (Crítica, 2015)- son discretas al respecto de su relación con Jane.

La historia del matrimonio es compleja y sucede sobre el fondo de las relaciones entre ateísmo y religiosidad. Junto con esa relación entre ciencia, ateísmo y fe, habría otros tres ejes en el libro: (a) Por un lado, es la historia de dos esposos que superan una gran dificultad como es la discapacidad degenerativa neuromotora de Stephen. (b) En segundo lugar, es una historia de progresiva alienación de una mujer por la dedicación a su familia, a una persona totalmente dependiente y por la fama de su esposo. (c) En tercer lugar, es una compleja historia de amor que tiene que mediar con una extrema discapacidad y con relaciones consentidas con terceras personas que cumplen diversos roles en el mismo hogar. 

Contado en primera persona, Jane no ahorra detalles de su propia vida, de sus gustos y actividades. El libro no es sobre Stephen Hawking sino sobre ella. Quizás lo que más resalta es el impacto de la vida con una celebridad sobre la esposa que no se resigna a vivir a su sombra. Pero en las memorias hay una compleja experiencia sobre el amor. El libro comienza cuando Stephen y Jane se conocen.

2. 1962, el Amor atraviesa el ELA

Es 1962. Stephen ya es un estudiante de doctorado y Jane comenzaba a estudiar filología hispana. Jane era hija de una familia muy viajera que la envió a conocer España cuando ella era muy joven. El contacto con el país –especialmente con los Sanfermines de Pamplona y “Loyola, tierra natal de san Ignacio” (p.16)- le fascinó y quedó vinculada al país para siempre. Los viajes le habían formado una mentalidad abierta y curiosa que, en cambio la escuela no le permitía desarrollar: “Conforme salía del capullo, me parecía que la escuela sólo ofrecía un pálido reflejo de los conocimientos y la independencia que había adquirido en los viajes” (p.17). Jane es una cristiana y socialista, muy británica y enamorada de España

Cuando estaban conociéndose se desató su enfermedad, que la familia atribuyó a una infección cuando le inyectaron contra la viruela al viajar a Persia un par de años antes. Los médicos le diagnosticaron en 1963 su esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y le pronosticaron un máximo de dos años de vida. Pese a esa corta expectativa de vida, Jane y Stephen maduraron su relación y contrajeron matrimonio el 15 de julio de 1965 en la capilla del Trinity Hall de Cambridge, dispuestos a compartir el tiempo que les quedara, durara lo que durara. Las dificultades surgieron inmediatamente debido a los problemas de alojamiento. En realidad, esta va a ser una cuestión que ocupe gran parte de la primera mitad del libro. Las autoridades académicas y de los servicios sociosanitarios del Reino Unido mostraban muy poca sensibilidad hacia la discapacidad de Stephen y los costosos trabajos que requerían diariamente. Ni las casas ni las instalaciones universitarias estaban adaptadas para que la vida de Stephen tuviera menos dificultades que las que ya tenía que superar. Posteriormente, cuando la movilidad de Stephen se reduzca radicalmente, las prestaciones sociales serán ridículamente escasas. Sólo el apoyo de la familia, amigos, estudiantes y al final el soporte de la estadounidense Fundación McArthur hizo posible que Stephen pudiera no sólo dedicarse a la ciencia sino sobrevivir. Gran parte del libro es una denuncia contra la insensibilidad de la sociedad hacia las personas discapacitadas y sus familias. El éxito de Stephen y Jane se convierte en una potente denuncia. Su lucha contra viento y marea para que Stephen pudiera desarrollar sus teorías cosmológicas, y muy especialmente su celebridad internacional creó precedentes y reivindicó los derechos de las personas con discapacidad y sus familias. Este último término es importante, pues las familias sufren una doble marginación: por un lado comparten en la práctica la discapacidad –que al estar unidos a sus parientes, comparten con él las limitaciones de movilidad y los prejuicios- y por otra parte se ignora o minusvalora el descomunal esfuerzo y sacrificio interno que realizan a lo largo de muchos años y cada vez con mayor frecuencia durante toda su vida.

Los problemas por la discapacidad de Stephen no eran sólo materiales sino sociales. El entorno académico les excluía socialmente de un modo sistemático. Sólo un puñado de amigos incondicionales constituía su grupo de amistades. “Durante años lo habitual había sido que nos quedáramos aislados en un extremo de la mesa, o solos en un rincón, sin esperar que nadie nos dirigiera la palabra, y siempre representaba una grata sorpresa ver una cara amiga en el transcurso de la velada. De hecho, uno de los jefes de cocina me había confesado una vez que resultaba difícil colocarnos en la mesa de los banquetes que organizaba el college porque nadie quería sentarse con nosotros” (pp.245-246).

3. 1974, una familia internacional

Jane hace un elogio claro y sincero del poder intelectual y la fuerza de espíritu de Stephen (p.234), pero la relación matrimonial con él no era fácil. Por un lado, Stephen minusvaloraba intelectualmente la dedicación de Jane a la filología medieval hispánica. Mostrando un desdén implacable (p.274), para él eran “tan útiles como recoger guijarros en la playa” (p.274). Tanto Stephen como su entorno universitario esperaban que Jane se restringiera a cumplir el papel de esposa y asistenta de su prometedor marido. “Daba la impresión de que yo era poco más que una sirvienta, reducida al papel que en los círculos académicos de Cambridge resumía la posición de una mujer” (p.228). Jane se veía sometida a una intensa actividad doméstica y de cuidado. “Mis inacabables tareas diarias –realizar la compra y las labores domésticas, cocinar, cuidar de los niños y de Stephen- no me dejaban ni un momento de respiro” (p.215). “Estaba logrando lo que me había propuesto: dedicarme a Stephen, brindarle la oportunidad de desarrollar su genialidad. Pero al hacerlo empezaba a perder mi propia identidad” (p.257). Además, Stephen tenía una peculiar psicología que le llevaba a no hablar sobre su enfermedad y discapacidad, ni sobre todo lo que exigía. Ese cierre hermético (p.215) era una especie de estoicismo y resistencia con la que afrontaba su enfermedad. Parecía que tratara de vivir como si no existiera el problema y no fuera barrera para desarrollar todo su gran talento. A su negativa a hablar de su enfermedad, se sumaba su contumaz resistencia a recibir ayuda médica o de otros profesionales sanitarios. Jane lo atribuye a su esfuerzo por vivir con normalidad: “Me daba perfecta cuenta de que a la mera lucha por levantarse de la cama cada mañana podía derrotarlo si se paraba a pensar en su estado” (p.240). Jane sentía que Stephen vivía como si no existiesen los detalles ni los esfuerzos. “Aunque Stephen bien podía dominar los quince mil millones de años de historia del universo, mi visión del futuro había quedado limitada a un período más previsible de unos pocos días” (p.239). Sin embargo, ella “debía tener los pies en la tierra” (p.215).

Con los años Jane fue sintiendo una creciente presión emocional (p.216) y los sentimientos por desarrollar su propia carrera se veían frustrados por Stephen y su entorno. Ella sentía culpabilidad por sus anhelos de desarrollar su propia vida (p.227). Comenzó a tener intensos sentimientos de alienación: “Me sentía como el viajero que cae en un agujero negro: estirada y deformada como un espagueti por fuerzas incontrolables” (p.214). Stephen tenía una fuerte personalidad wagneriana y rendía culto a la física como si fuese un sacerdote a una diosa (p.214), a la cual todo el resto de su familia y entorno tenía que servir. Pero Jane no quería dejarse dominar.

El ingreso en la Royal Society en 1974 y su estancia en el Instituto tecnológico de Pasadena, California, fue un salto cualitativo en la vida de los Hawking en tres niveles. En primer lugar, por el reconocimiento académico. En segundo lugar, porque en California encontraron medios abundantes y adaptados al grado de discapacidad que tenía Stephen. Había rampas por todas partes para poder acceder con silla de ruedas y pusieron a su disposición una fisioterapeuta y una secretaria personal (p.250). Posteriormente, también la universidad británica se mostró más sensible a mejorar su modo de vida: un nuevo gerente de los fondos del College, el revendo John Sturdy, facilitó a los Hawking una nueva vivienda mucho más adaptada a sus necesidades. En tercer lugar, el aislamiento social de los Hawking había empeorado conforme el círculo de amistades de los Hawking en Cambridge había quedado muy restringido conforme sus colegas habían ido consiguiendo puestos de trabajo en otros centros y universidades. California amplió su mundo relacional. Los apoyos en California, además, permitieron que Jane no estuviera tan atada a la permanente asistencia a Stephen.

En Estados Unidos, Jane también tomó conciencia del infradesarrollo en que se encontraba su propia vida personal. “En Estados Unidos, en los albores del movimiento de liberación femenina, una mujer que no trabajaba cuando su hijo ya tenía dos años se consideraba una completa fracasada, que estaba lejos de alcanzar su ‘realización personal’…” (p.256). Esa conciencia le condujo a llevar una vida californiana llena de actividades.

De regreso a Cambridge, el antiguo modo de vida vuelve a su curso. La atención a Stephen continuaba con la misma precisión para que pudiera desarrollar su carrera como astrofísico. Y así era: Stephen “tenía buen apetito y una constitución robusta, y se enorgullecía de no faltar ni un solo día al trabajo” (p.280). Pero los sustos se sucedían uno tras otro y era frecuente que se atorara hasta casi ahogarse cada vez que comía. A veces los ataques de asfixia se prolongaban desde la cena hasta bien entrada la noche. “Yo lo abrazaba como a un niño asustado hasta que dejaba de resollar y su respiración adquiría el ritmo sosegado del sueño” (p.280). Jane comenzó a compartir los trabajos de cuidado. Por un lado, “con una lealtad inquebrantable, los alumnos y colegas de Stephen lo visitaron con regularidad y ayudaron a cuidarlo, a menudo durante la noche” (p.284). Por su parte, su hijo “Robert, a sus casi nueve años, salió de la infancia y empezó a llevar de un lado a otro a su padre, a levantarlo, darle de comer y lavarlo, e incluso a llevarlo al baño, cuando yo estaba abrumada por el peso de otras tareas o demasiado exhausta para reaccionar” (p.289).

Pero a la vez, Jane hizo un esfuerzo y entre una tarea y otra retomó la tesis doctoral que había comenzado años atrás. Emprendió un estudio de las cantigas medievales en Galicia, especialmente las canciones de amor. Jane se siente muy identificada con las emociones de melancolía y desolación que muestran. En California, Jane había estado recibiendo clases de música y canto. En ello encontraba un cauce para expresarse y desarrollar su propia vida. “Deseaba fervientemente expresar aquellas emociones con mi propia voz, a través del canto” (p.274).

El primer reconocimiento internacional a sus teorías lo obtuvo Stephen del Vaticano. En abril de 1975 el papa Pablo VI le concedió la Medalla Pío XII a la Ciencia en una sesión plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias. Hawking dudó si aceptar el galardón pero argumentó que había percibido una progresiva nueva sensibilidad hacia Galileo por parte de la Iglesia católica. “Si bien Galileo era un católico devoto, su conflicto con el Vaticano, por desgracia mal llevado por ambas partes, sentó las bases de la permanente batalla entre ciencia y religión, un trágico y complicado cisma aún sin resolver” (p.194). Stephen Hawking se sentía especialmente unido a Galileo Galilei ya que ambos habían nacido el mismo día -8 de enero- aunque con tres siglos de diferencia: 1642 y 1942. En la entrega de la medalla, el cosmólogo pidió en su discurso ante la Academia, la rehabilitación de Galileo. Stephen Hawking relata en sus propias memorias cómo amablemente el papa se arrodilló junto a él para poder conversar. Cuando finalmente la campaña alcanzó éxito y Galileo fue rehabilitado, Stephen lo “consideró una victoria del avance racional de la ciencia sobre las fuerzas obsoletas y retrógradas de la religión, una capitulación teológica, más que una reconciliación de la ciencia con la religión” (p.196). La cuestión religiosa fue un aspecto presente entre ambos desde el inicio de su relación pero la relación con ello, fue cambiando. “En los primeros tiempos, nuestras discusiones sobre temas [religiosos] eran alegres y bastantes desenfadadas. Pero en los años posteriores se volvieron más personales, disgregadoras e hirientes. El nocivo cisma entre religión y ciencia parecía haber extendido su alcance a nuestra propia vida: Stephen defendía con firmeza la postura positivista pura, que yo encontraba demasiado deprimente y restrictiva para mi visión del mundo… Sin embargo, para Stephen el compromiso era anatema, porque suponía un inaceptable grado de incerteza, cuando él trataba tan sólo con las certezas de las matemáticas” (p.196). Pese a que, anecdóticamente, cuando era estudiante, Stephen Hawking había ayudado a un grupo de baptistas a introducir clandestinamente biblias en la Unión Soviética (p.201), la tradición de ateísmo que heredó de su familia ha sido mantenida hasta la actualidad. Jane no trataba de persuadir a Stephen desde sus creencias religiosas sino que en todo caso trataba de compartir con él “un paseo modesto y tranquilo por los serpenteantes senderos de la confianza en la fe y en las obras” (p.300). Pero “a Stephen no le interesaba nada salvo el poder racional de la física” (p.300).

4. 1977, la difícil fórmula del amor

Para reforzar su trabajo doctoral, Jane y sus hijos partieron en barco hacia Bilbao mientras Stephen iba a su estancia estival de 1977 en California. “El corazón me dio un vuelco cuando volví a pisar suelo español”. Jane fue a Galicia a estudiar las cantigas. “En las ensenadas rocosas, los arroyos, los pinos y las montañas descubrí el paisaje y las tradiciones vivas de las cantigas de amigo” (p.302). Sintió “que el enorme peso de la erudición a la que yo intentaba dar forma en una tesis tenía una base en la realidad… que los estudios medievales eran, a fin de cuentas, una actividad más relevante y productiva que la de recoger guijarros en la playa” (p.302). Confirmada por esos sentimientos, tomó una decisión: “Me prometí que terminaría la tesis, pasara lo que pasara” (p.302).

En 1977, Stephen alcanzó una cátedra personal en Cambridge y la seguridad académica y económica de la que la familia había carecido hasta el momento. Además, el esfuerzo heroico de haber alcanzado tal excelencia académica pese a su discapacidad, le convirtió en una celebridad mimada por los medios de comunicación (p.304). Stephen disfrutaba enormemente de esa fama pero Jane pronto comprobó sus consecuencia negativas: “nos habíamos convertido en víctimas inocentes de nuestro propio éxito” (p.304). “Aquella clase de publicidad no aportaba nada a la ayuda, tanto física como emocional, que necesitábamos más que nunca porque en realidad la enfermedad de la motoneurona no había sido vencida: continuaba avanzando con paso lento pero implacable” (p.305).

Los Hawking procuraban que la enfermedad de Stephen no les impidiera llevar una vida normal y no expresaban las enormes dificultades y sufrimientos de su vida diaria. Pero ese esfuerzo por normalizarse hacía que los demás minimizaran el continuo esfuerzo que tenían que hacer todos y cada uno de los miembros de la familia y por el que se sentían superados. “La enfermedad dominaba nuestra vida y la de los niños pese a que nos esforzábamos por mantener una apariencia de normalidad” (p.305). “Desde el punto de vista intelectual Stephen era un gigante que insistía en su propia infalibilidad y cuya genialidad yo siempre respetaba; desde el punto de vista físico era un ser tan desvalido y dependiente como lo habían sido mis hijos al nacer” (p.306). Jane se va sintiendo progresivamente no tanto una esposa como una madre (p.306). “Los problemas se veían exacerbados por la mera imposibilidad de hablar de ellos… Con una mejor comunicación, podríamos haber combatido juntos, codo con codo, apoyándonos mutuamente y desarrollando estrategias para afrontar las dificultades. En cambio, se convirtió en una fuerza de separación, que puso una barrera de angustia entre ambos” (p.307). Al final, en 1977 se rompió la comunicación entre ellos, agravada por las nuevas dificultades que añadía una fama y vida pública creciente. La opinión pública, los medios de comunicación y los nuevos personajes que atraía esa fama, heroizaban a Stephen a la vez que minimizaban a Jane y el resto de la familia, a quien consideraban afortunados de vivir con un genio y destinados a soportar todo lo que conllevara estar al servicio de su gloria.

Pero Jane no estaba dispuesta a sacrificar su vida y la de sus hijos a cuestiones que no iban a ayudar a Stephen a mejorar su ciencia sino a añadir problemas. “Para el círculo familiar inmediato, los efectos eran devastadores y la demandas, agotadoras” (p.305).

Ante ese nuevo círculo de fans que se formó alrededor de Stephen en 1977, Jane buscó un nuevo entorno. Una amiga, antigua fisioterapeuta de Stephen, le puso en contacto con una parroquia, San Marcos de Cambridge, en la que había un coro al que poder incorporarse. “Había allí una comunidad muy unida de amigos y vecinos, ancianos y familias, para quienes la iglesia eduardiana de ladrillo rojo constituía el centro neurálgico, asistieran o no a ella con regularidad” (pp.309-310). Fue bastante importante para Jane conocer al párroco recién llegado a San Marcos, Bill Loveless, que antes había sido periodista, soldado y empresario. Jane reestableció su fe sobre una nueva visión del cristianismo, centrado en el amor apasionado de Dios por la humanidad “y la afirmación inequívoca de Dios por todas las personas, fueran quienes fuesen, con independencia de sus imperfecciones. El único mandamiento de esa doctrina del amor era el de amar al prójimo. En aquel reino había reposo para los fatigados y los que soportaban cargas pesadas, y en el que encontré consuelo” (p.314). “El regreso a la Iglesia me proporcionaba consuelo” y “mi maltrecho ser espiritual empezaba a revivir” (p.314). Jane ofreció a sus hijos incorporarse a grupos cristianos en San Marcos, lo cual aceptaron ambos voluntariamente. Robert quiso recibir la confirmación, a lo cual parece que Stephen no se opuso.

En San Marcos conoció al director del coro, Jonathan Jones, un músico que había enviudado año y medio antes. En él descubrió un hombre con “sabiduría, una perspectiva tan amplia de la vida con la que ensanchar mi limitada visión, una fe tan fuerte y una espiritualidad tan luminosa con la que alumbrar mi negro horizonte, que realmente pisábamos suelo sagrado, que en palabras de Oscar Wilde, está presente allí donde hay dolor. Había encontrado a alguien que conocía las tensiones y la intensidad de la vida frente a la muerte” (p.312). Entre ambos apareció pronto una atracción que les causó culpabilidad pues era contraria a los valores que ambos profesaban (p.312). “Los dos estábamos solos, éramos muy infelices y necesitábamos desesperadamente ayuda” (p.314).

Ante Jane se abría un dramático dilema. Por un lado, su compromiso con la atención a Stephen era incondicional y bajo ningún concepto ella iba a abandonarle. Por otro lado, bajo el dominio de Stephen se había anulado y las nuevas condiciones le asfixiaban. La amistad con Jonathan y la revitalización de su fe le abrieron una nueva esperanza y un camino para revivir. Jonathan Jones le ofreció su amistad incondicional y sin pretensión alguna. En una capilla de la abadía de Westminster, Jonathan le garantizó su presencia y su ayuda en todo lo que necesitara la familia Hawking: “me anunció que estaba dispuesto a comprometerse conmigo y con mi familia, pasara lo que pasara. Aquella promesa desinteresada y conmovedora me sacó del oscuro vacío en que se había convertido mi vida. La relación se volvía más noble y liberadora. Continuaba siendo platónica, y lo sería durante mucho tiempo. La atracción mutua y las emociones incontrolables que amenazaba con provocar se sublimaban en la música que practicábamos e interpretábamos juntos, por regla general en presencia de Stephen” (p.316).

Jonathan venció con gran amabilidad y delicadeza las iniciales resistencias de Stephen a ser atendido por él. Sin considerar su fama y con una extrema sensibilidad, Jonathan le ayudaba en todas las necesidades que tenía. La amistosa y cuidadosa presencia de Jonathan casi todas las tardes y los fines de semana, no sólo resultó una ayuda física fundamental para Stephen sino que mejoró la convivencia en el hogar. “Stephen se volvió más dulce, más tranquilo, más agradecido, más relajado. Incluso me resultó posible, a altas horas de la noche, confiarme a él como no lo había hecho nunca. Reconoció generosa y amablemente que todos necesitábamos ayuda, en especial él, y que, si había alguien dispuesto a ayudarme, él no se opondría con tal de que yo siguiera amándolo” (p.317).

La constante presencia de Jonathan y la progresiva intimidad con Jane, creaba una situación inusual que suscitó murmuraciones en la familia de Stephen. El comportamiento de Jonathan era impecable y los hijos de Stephen encontraron en él un fuerte apoyo y fuente de cariño. El párroco Bill Loveless calmó las confusiones que los niños pudieran tener. Pero un hecho vino a complicar más la situación: Stephen y Jane engendraron su tercer hijo, Timothy. La familia de Stephen sospechaba que era hijo de Jonathan. Según Jane, la familia de Stephen que era tan liberal, culta y atea, se mostraron prejuiciosos, suspicaces, calumniadores, condenatorios e inmisericordes con Jane y su amistad con Jonathan. La hostilidad contra Jane había estado presente desde el comienzo de su relación con Stephen, con constantes críticas al modo como cuidaba a su marido. Sin embargo, la familia de Stephen había dado muestras continuas de insensibilidad con la enfermedad de Stephen (por ejemplo, nunca adaptaron los accesos ni instalaciones de la casa de vacaciones que poseían y a la que les invitaban con mucha frecuencia a pasar largas estancias) y no ayudaban a su cuidado de ningún modo. Jane deja entrever que los padres y hermana de Stephen consideraban que su hijo era una carga y así se lo hizo saber su hermana cuando le confesó que toda la familia entendería que dejara a Stephen y mandara que fuera una residencia especializada quien lo cuidara. Sin embargo, Jane en ningún momento había contemplado dicha posibilidad. Ella quería una relación con él que fuera más comunicativa, que no se encerrara en sí mismo ni fuera autoritario, que no cediera a las veleidades de la fama y fuera considerado con que a su alrededor los miembros de su familia también necesitaban desarrollarse. Ella sólo pedía algo de consideración y tiempo para poder dedicarse al canto y enseñar español o francés a algunos estudiantes.

La familia de Stephen rompió con Jane y se distanció de su hijo Stephen. En cambio, los padres de Jonathan -miembros también de la comunidad cristiana-, acogieron a los Hawking, les comenzaron a prestar constantes ayudas y Jane no sintió que les juzgaran sino que mostraron discreción, delicadeza y tolerancia con una situación que quizás no veían clara pero frente a la que mostraron confianza. “Jamás tuve la menor impresión de que nos juzgaran a nosotros o nuestra situación” (p.341). Los padres de Jonathan no sólo ayudaban a los Hawking sino que “con una bondad humilde, se dedicaban de manera incansable a los demás, fueran quienes fuesen, vinieran de donde viniesen. No hacían distingos entre parientes, amigos, feligreses y desconocidos. Cualquiera que tuviera problemas, ya fuese rico o pobre, podía acudir a su puerta de día o de noche con la seguridad de que encontraría ayuda, oídos comprensivos y probablemente una buena comida” (p.341). “Me parecía increíble que aquellas personas sin parentesco con nosotros encontraran algún buen motivo para acogernos a mi familia y a mí, y tampoco podía entender que mostraran un interés y una preocupación tan sinceros por nosotros. Iluminaban las tinieblas con la luz de su bondad, comprensión y generosidad. Y no sólo fueron los padres de Jonathan quienes nos trataron con cariño sino, inexplicablemente, toda su familia” (p.341-342).

La experiencia de Jane con la familia Jones y su hijo Jonathan le redescubrió una nueva perspectiva de la vida. Aunque su ideología socialista y su íntima convivencia con la ciencia, así como su compromiso con diversas causas como el desarme y los derechos de los discapacitados, le había dado un soporte ideológico, no había llegado a darle un sentido a la vida sino que se habían mostrado incapaces de sostener la propia vida. Parecía que a Stephen le bastara su hermética entrega a la Física y que desde ahí estuviera formulando una teoría del todo, pero se le escapaba la vida misma. Stephen huía de los detalles de la vida, aquello que hace que se sostenga y avance y muy especialmente las relaciones con los que más debía querer. A Stephen sólo le interesaba el meollo de un problema; los pequeños detalles le tenían sin cuidado, los pequeños detalles entorpecían la claridad de ideas (p.206). Aquello le había hecho rígido y desconsiderado no sólo en materia de ideas o en su posición en relación a la religión sino sobre todo respecto a las relaciones con los suyos. La teoría del todo que buscaba Stephen (p.386) podría explicar los secretos materiales del cosmos pero se le escapaba totalmente la teoría del todo que explicaba lo más importante de la vida: el amor.

En 1981, Cambridge concedió a Stephen la Cátedra Lucasiana, lo cual suponía equipararle con Newton. El apoyo académico y de la opinión pública alcanzó su apogeo y, junto con ello, Gobierno y Universidad le concedieron mucha mayor asistencia. Eso permitió a Jane dejar de “vivir a medias” (p.364) y comenzar a desarrollar su propia vida. Pese a la atracción y creciente intimidad con Jonathan, Jane continuaba siendo fundamentalmente fiel a su esposo. Había tratado de abrirse a él, comunicarse y compartir su enfermedad, no sólo servirle. Le había confesado los sentimientos de alienación, subestima y culpabilidad que le agobiaban y su necesidad de desarrollarse también, aunque entendía que sobre todo priorizaran la relevante carrera científica de Stephen. Pero al parecer, ella no percibió que Stephen fuera sensible a su situación sino que su comportamiento iba en la dirección contraria.

Ciertamente, la vida familiar había ido complicándose. La relación sentimental entre Jane y Jonathan había ido intensificándose y algunas veces cedían a sus sentimientos. La condición indiscutible era que ambos tenían que prestar toda la ayuda posible a Stephen y no poner en riesgo la unidad de la familia Hawking. Stephen se mostró tolerante con esa situación, la cual percibía con claridad. En sus propias memorias, Stephen da muestras de una gran generosidad. Según él, toleró la deriva de la relación entre Jane y Jonathan porque pensaba que iba a morir pronto y consideraba que el apoyo de una persona como Jonathan para ser esposo y padre podía ser proverbial en su ausencia. 

En todo caso, los tres adultos tuvieron que aportar grandes dosis de tolerancia para hacer sostenible aquella situación. Jane lo presenta motivado todo por el amor. Por un lado, amaba a Stephen por la historia compartida, por ser su esposo y porque quería cuidarle. Por otra parte, Stephen amaba a Jane aunque su mente estaba entregada casi exclusivamente a la ciencia, eso que la esposa de Einstein llamaba “la tercera” en su relación. Jane quería a Jonathan y con él se desarrollaba como persona y expandía su capacidad de amar como mujer. A su vez, Jonathan mostraba un gratuito y servicial respeto por Stephen, que éste parecía aceptar con sinceridad. Hemos visto que en sus memorias Stephen confiesa que si toleró aquella situación fue por amor a su familia ante lo que consideraba su próximo fallecimiento. Jane reconoce la tolerancia de Stephen: “él había tenido la generosidad de aceptar mi relación con Jonathan, siempre que fuera discreta y no supusiera una amenaza contra nuestra familia” (p.512). Todo aquello se sostenía sobre una única teoría de todo: el amor. Todo se sostenía sobre la renovada visión del amor que inspiraba a Jane.

5. 1985, el comienzo de la ruptura

En torno a 1985, ocho años después de conocer a Jonathan, ambos cruzaron la línea y comenzaron una discreta pero mucha más íntima relación. “La frontera entre la discreción y el engaño era muy fina y nunca nos resultaba fácil saber en qué lado estábamos” (p.392). Mientras Stephen realizaba sus frecuentes viajes por el extranjero asistido por estudiantes y enfermeras, era usual que Jane y Jonathan se fueran con los tres niños de vacaciones y ellos compartieran sueño. Moralmente sentían un duro dilema. Eran conscientes del carácter poco ortodoxo de su relación (p.392), pero rechazaban los fáciles y farisaicos juicios externos, pero aceptaban las palabras de su amigo párroco: “sabíamos que siempre podíamos contar con Bill Loveless, cuyos consejos afianzaban nuestra determinación y nos ayudaban a mantenernos firmes en el marco de disciplina que habíamos intentado establecer, y que contemplaba nuestras debilidades con compasión” (pp.391-392). Tanto Stephen como Jonathan también crearon –ambos con mucha ayuda de Jane- sus dos proyectos de mayor éxito: Stephen escribió su celebérrimo libro Historia del tiempo y Jonathan formó la Cambridge Baroque Camerata –a cuya financiación ayudó determinantemente el generoso apoyo de Stephen-. El año 1985 supuso también una nueva frontera para Stephen: se quedó sin habla debido a una traqueotomía que tuvieron que practicarle en Suiza en el curso de un viaje. 

Jane seguía dedicando lo principal de su vida a Stephen y sus hijos: “Dedicaba la mayor parte de mis energías y de mi tiempo a Stephen. Tomaba con él cada sorbo de agua, cada cucharada de comida y cada bocanada de aire. Cuando las fuerzas me fallaban, Jonathan, siempre disponible en segundo plano, compartía en silencio la carga. Destinaba el poco tiempo y la poca energía que me quedaban a mis hijos y mis alumnos. La docencia era mi única oportunidad de concentrarme en otros temas durante unas horas…” (p.423). No obstante, alrededor de Stephen se había ido formando una corte de enfermeras atraídas por su fama. Una de ellas, la que en el futuro sería su segunda esposa, Elaine Mason, mostró, a juicio de Jane -y según ella más personas-, un gran poder de manipulación sobre la voluntad de Stephen y su entorno. Endiosaba a Stephen y restaba importancia a la atención y consideración que debía prestar a su propia familia. Stephen cambió de actitud. Por un lado sentía que Jane ya no le amaba ni hacían vida de esposos sino de padres, familia, amigos y era su cuidadora. Por otra parte, el entorno de enfermeras y aduladores potenciaba su ego. “De ser una autoridad, se había transformado en una persona autoritaria, incluso –o sobre todo- con quienes tanto habíamos padecido con él” (p.423). Jane, por su parte, seguía reconociéndole a Stephen “el derecho a ser el rey del universo y el señor de la casa” (p.424) pero la relación no dejaba de deteriorarse. Jane da una explicación al cambio de carácter que hizo más tiránico, rígido y resentido (p.423) a Stephen: apoyada en la opinión de los médicos, creía que su marido había salido indemne del infierno desde el punto de vista intelectual pero “Stephen no era del todo responsable de sus actos y que lo que determinaba su falta de consideración no era el exceso de egoísta energía innata, sino los efectos combinados de la enfermedad de la motoneurona y el sufrimiento reciente” (p.425).

La relación personal con Stephen se deterioró gravemente. En opinión de Jane, él ejercía una insoportable presión psicológica que volvió a convertirla en una persona “retraída y nerviosa, sin confianza en mí misma y tan insegura de mis opiniones que dejé de expresarlas” (p.428). Su relación con Jonathan se detuvo y se separaron, pero la actitud de Stephen parecía no tener que ver con aquella relación. Se sentía impotente ante la deriva de Stephen, quien se comportaba como un niño egoísta pero a la vez como un padre y marido autoritario, desconsiderado con los demás, a quienes quería someter a su único servicio. “El resto de la familia nos convertíamos con rapidez en ciudadanos de segunda, como si fuéramos unos meros monigotes” (p.428). 

La enfermera Elaine Mason había traspasado sobradamente su función y se había hecho con el control de la vida de Stephen: manejaba su correo, sus asuntos académicos, editoriales, su agenda pública y la administración económica. Además, alimentaba la creciente afición de Stephen por la pornografía. Ella tenía tomado el hogar de los Hawking con ayuda de las enfermeras a las que mandaba, controlaba lo que se hacía en la casa y casi todo el régimen de vida. Expresaba sus críticas a los comportamientos y relaciones de Jane y levantó un muro infranqueable entre ella y su esposo. Elaine Mason tenía una gran habilidad para alimentar la ira de Stephen “hasta que él estallaba como un volcán cuyas lenguas de lava candente arrasaban cualquier obstáculo que se cruzara en su camino” (p.521). Stephen tenía un punto flaco psicológico: “una total falta de resistencia a la manipulación emocional” (p.521). Jane trató de que el colegio de enfermeras aceptara una denuncia por comportamiento no ético, sobrepasarse en sus funciones facultativas y abuso de poder, pero el colegio no la aceptó a trámite. No se vio en la capacidad de expulsar a todo aquel aparato de gente de casa pues suponía hacer volver a Stephen a la anterior e insostenible situación en la que ella sola le atendiera. En ese momento la vida de Stephen pendía de un hilo y dependía absolutamente de un cuidado constante que requería varios turnos de atención. Jane se sintió sin salida y aplastada: “Me hallaba en una trampa y empecé a tener pesadillas dos o tres veces por semana. La pesadilla era siempre la misma: estaba enterrada viva, atrapada sin posibilidad de escapar” (p.428). Frente a la fama, excelencia y misión histórica de Stephen, pareciera que ella no tuviese derecho a tener su propia vida aunque fuese común, discreta y modesta. Frente al sufrimiento de Stephen, pareciera que ella no tenía derecho a sufrir. Frente a la gloria de Stephen, todo su entorno laudatorio le exigía que se sometiera y le reprochaba que no fuera capaz de apreciar la suerte de estar cerca de él. Cualquier gesto de Jane que expresara independencia o crítica, era criticado severamente como ingratitud y traición. Jane contrajo un herpes zóster y neuralgias y mareos se comenzaron a hacer frecuentes. Jamás sintió envidia de Stephen sino que siempre sintió sus logros como una misión común. Se identificaba con él en casi todo y ahora, incluso como él, comenzaba a convertirse en cierto modo en una persona discapacitada. Pero había una fuerte presión que lejos de ayudarla o comprenderla, le hacía sentirse más culpable y deslegitimada ante su marido y sus hijos. Estaba a punto de no tener nada. Se había convertido en una persona espectral y sin energía (p.469). Jane incluso tuvo tentaciones de suicidio y buscó ayuda para superar sus sentimientos de autodestrucción (p.513). Maltrecha y prácticamente expulsada de su propio hogar, buscó más protección y ayuda en la parroquia de San Marcos, donde los pastores y la comunidad la acogieron y cuidaron.

Pese a todo su sufrimiento, Jane mantuvo su vida con Stephen. En 1986 Jane tuvo un momento de felicidad al sentir que Stephen convergía con sus sentimientos religiosos al aceptar ser nombrado por Juan Pablo II miembro de la Academia Pontificia de las Ciencias, pese a su posición cosmológica poco ortodoxa. Stephen nunca había roto sus relaciones con la Iglesia católica. Además de seguir portando su Medalla Pío XII a la Ciencia, en otoño de 1981 Stephen había participado en un congreso organizado por los jesuitas en la Academia Pontificia de Ciencias del Vaticano. El momento culminante de su estancia en Roma fue el encuentro personal de la familia Hawking con el Papa. “Me sentí conmovida por la calidez de su personalidad, la suavidad de sus grandes manos y la santidad que emanaba de la luz de sus brillantes ojos azules. No tenía prejuicios religiosos y había ido a Roma con el corazón y la mente abiertos. El Papa me llegó tanto a la mente como al corazón, puesto que –política y dogma aparte- percibí que se preocupaba sinceramente por las personas a las que conocía y las tenía presentes en sus oraciones” (p.442). Su religiosidad se acentuó: “Muchas veces, en iglesias rurales y catedrales francesas, me sentía atraída por la imagen de la Virgen María… que ofrecía el consuelo del sufrimiento compartido” (p.515).

Pero la ilusión que cierta unidad de acción entre ambos había suscitado en Jane, se rompió al año siguiente, en 1988, cuando visitaron Jerusalén. Ante las preguntas de la prensa, Stephen hizo una proclamación de ateísmo, “no creía en Dios y no había sitio para Dios en su universo” (p.464). Esto supuso la ruptura espiritual entre ambos. “Mi vida con Stephen se había construido sobre la fe: fe en su valor y su genialidad, fe en nuestros esfuerzos conjuntos y, en último término, fe religiosa. Y, sin embargo, allí estábamos, en la cuna de las tres grandes religiones del mundo, predicando una especie de ateísmo mal definido, basado en valores científicos impersonales que apenas guardaban relación con la experiencia humana. La negación absoluta de todo en lo que yo creía era verdaderamente amarga” (p.446).

Sin embargo no fue Jane quien rompió el matrimonio. A la vuelta de las vacaciones estivales de 1989, Stephen le “entregó una carta donde anunciaba su intención de irse a vivir con Elaine Mason” (p.517). En febrero de 1990, la enfermera Elaine Mason y su marido ayudaron a Stephen a abandonar el hogar familiar y mudarse al hogar de los Mason, aprovechando que Jane y sus hijos comenzaban las vacaciones de invierno. Jane no sintió “ni tristeza ni alivio”… pero “había recobrado el control de mi vida” (p.523).

6. La única Teoría del Todo es el amor

Los Hawking se divorciaron cinco años después, en 1995. Ese mismo año Elaine dejó a su marido y se casó con Stephen. Jane aún tardó dos años más hasta que en 1997 contrajo segundas nupcias con Jonathan Jones en la iglesia de San Marcos de Cambridge.

La mirada final que Jane proyecta en dos posdatas del libro, escritas en 2007 y 2014 sobre su matrimonio con Stephen es agradecida y conciliadora. En 2007 reconoció “el gran privilegio que fue viajar con él, aunque fuera una corta distancia, hacia el infinito” (p.546). En todo caso, dice en 2014, que “Stephen, el científico más famoso del mundo, continúa siendo una figura central para la familia y para la física” y anuncia que ese mismo verano de 2014 Stephen, Jane y Jonathan se iban juntos de vacaciones. Jane dijo: “Jonathan y yo nunca nos habíamos planteado la posibilidad de un futuro juntos sin Stephen” (p.519). Así parece que sigue siendo incluso pese a todo. Todo parece difícil de comprender, se cruzan muchas cuestiones y la historia es confusa, con una complejidad que vincula los detalles del corazón con el origen del cosmos. Sólo con una teoría se puede entender todo esto; sólo con una teoría del todo: el Amor.


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