martes, 29 de agosto de 2017

Antony Beevor: La Segunda Guerra Mundial. Por Emilio Sáenz-Francés

Beevor, Antony: La Segunda Guerra Mundial. Pasado y presente, Barcelona, 2012. 1.205 páginas. Traducción de Joan Rabasseda y Teófilo de Lozoya. Comentario realizado por Emilio Sáenz-Francés.

En los mismos meses en los que se conmemoraban los jalones que condujeron al VI ejército alemán al desastre trascendental de Stalingrado, Anthony Beevor, el autor de una de las obras de referencia sobre aquel vértice de la Segunda Guerra Mundial dirimido a orillas del helado cauce del Volga (Beevor, A.: Stalingrado, Crítica, Barcelona, 2005), ha publicado su monumental visión sobre el conflicto mundial. Beevor viene así a unirse a una lista larga y señera de autores que han afrontado la complejísima tarea de resumir aquellos años de acero y fuego en una visión unívoca, articulada y coherente, además de novedosa en términos historiográficos. Nombres como los de Basil Liddell Hart, Henri Michel, Martin Gilbert, o el propio maestro de Beevor, John Keegan, forman parte de una nómina de especialistas casi interminable, presidida sin duda por la visión particular del conflicto, vindicativa pero brillante, escrita por el propio Winston Churchill.

En efecto, las bibliotecas y librerías no afrontan precisamente una carestía de obras centradas en un análisis global de la Segunda Guerra Mundial, lo que podría conducir a la conclusión de que, en su 70 aniversario, aproximaciones como las que nos ocupan deberían ser ampliamente superadas por aportaciones más novedosas historiográficamente, centradas en el estudio de aspectos puntuales o aun todavía velados, o en la búsqueda de nuevas perspectivas. Sin embargo, la masiva producción historiográfica sobre la cuestión, que tiende ya a revestir una dimensión inabarcable, no ha dejado de producir resultados señeros en ese campo, sirvan como ejemplo enfoques especialmente esclarecedores como los aportados, por ejemplo, por Richard Overy.

En efecto, cuestiones como la biografía, el liderazgo político y militar, las claves de las campañas, las estrategias globales de los contendientes, o cada uno de los escenarios específicos del conflicto se han convertido en campos de especialización en sí mismos, con sus polémicas, debates y confrontaciones, que resultan en una profusión de nuevas publicaciones cada año, con un dominio casi absoluto de la historiografía anglosajona. Todo ello hace que las grandes visiones, desde la perspectiva de la autoridad académica contrastada, sean especialmente necesarias en este campo, como mojones en una carretera a veces excesivamente sinuosa. 

El libro que nos ocupa responde, sin duda, a esta necesidad. Resulta casi natural el que Anthony Beevor corone sus trabajos sobre el Desembarco en Normandía, o Stalingrado, sobre Creta o la Batalla de Berlín, con una visión global, que no definitiva, de la Segunda Guerra Mundial, y es comprensible que ello se haga aprovechando el ímpetu proporcionado por las conmemoraciones de los 70 años del conflicto. El resultado de este proceso «natural» es una obra masiva, encomiable en un balance general, pero que hace también cierto el aforismo de que el diablo está en los detalles. La voluntad de Beevor de acapararlo todo ofrece el resultado final de un libro quizás demasiado denso, aunque sólo sea por su extensión, si se asume su planteamiento como un producto de alta divulgación. Por otro lado, la obra carece tal vez de la suficiente concreción y detalle como para constituir un valor añadido definido para el investigador cuyo día a día lo constituye el trabajo sobre la Guerra Mundial en cualquiera de sus manifestaciones, frente a la aportación neta que, por ejemplo, suponen las obras de Beevor centradas en aspectos más concretos del conflicto. Hay motivos, en cualquier caso, sobrados para la satisfacción al acercarse a este libro. Al tener que optar por vuelos de águila para poder acoger el autor en su texto todas sus ambiciones, Beevor se distancia de la tentación tecnicista propia del historiador militar para integrar en su narración otros elementos, diplomáticos o vitales, que hacen de la lectura una experiencia mucho más placentera y reveladora, por ejemplo, que la de su análisis del Día D. El autor participa de esa práctica, genuinamente anglosajona, de combinar lo general con las casuísticas particulares de aquellos que no suelen encontrar espacio en las páginas de los libros de historia, pero en este caso aplica el método con medida, sin caer en esa tentación de construir un relato como una suma de testimonios poco engranados, y excesivamente alejados de la toma de decisiones y de los grandes procesos. No todos los historiadores anglosajones de nuestro tiempo pueden presumir de esa capacidad, y el propio Beevor ha tendido con frecuencia al exceso en este campo. Pocos pueden esgrimir la autoridad con la que Beevor conduce la narración en todos sus hitos, cristalizada a través de una estructura sencilla y honesta, en la que la apuesta por un noble análisis cronológico de los acontecimientos se muestra sobradamente efectiva frente a posibles florituras argumentales disfrazadas de originalidad académica, tan al uso en nuestros días. 

Decíamos en efecto que el diablo está en los detalles, y para el historiador español, por ejemplo, las referencias al papel del Régimen de Franco en el conflicto sabrán a muchos a poco y manido. No quizás a erróneo, pero sí a un lugar demasiado común, fruto de fuentes bibliográficas no suficientemente actualizadas. No se pueden reprochar al autor esas carencias ante el carácter desbordante del tema estudiado, pero sería interesante ponderar hasta qué punto especialistas vinculados a otras historiografías nacionales han tenido la misma percepción. Este o similares aspectos no desmerecen en ningún caso los valores positivos de la obra de Beevor, que en el balance global resultan abrumadores, pero sí pueden llevar a la reflexión de que, en el contexto amplio de la producción historiográfica sobre el tema, el análisis general de John Keegan de la Segunda Guerra Mundial (Keegan, J.: The Second World War, Pimlico, Londres, 1997) —maestro como ya hemos referido de Anthony Beevor— ofrece en su conjunto un resultado más equilibrado, fruto de una mayor mesura y contención que la mostrada por su discípulo. 

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