viernes, 25 de agosto de 2017

Gonzalo Villagrán Medina: Teología pública. Por Ignacio Sepúlveda del Río

Villagrán Medina, Gonzalo: Teología pública. Una voz para la Iglesia en sociedades plurales. PPC, Madrid, 2017. 158 páginas. Comentario realizado por Ignacio Sepúlveda del Rio.

¿Cómo las religiones pueden contribuir al bien común en una sociedad pluralista? Con este interrogante Gonzalo Villagrán, SJ —doctor en teología moral y profesor de la Facultad de Teología de Granada— enmarca el objetivo de su libro Teología Pública. Una voz para la Iglesia en sociedades plurales. La propuesta de Villagrán es que la teología pública —de la que se escucha cada vez más en los círculos teológicos— permite generar un diálogo desde la mirada religiosa en sociedades complejas y pluralistas como lo es la sociedad española en la actualidad.

El libro se divide en ocho capítulos que se pueden agrupar en cuatro partes muy bien delineadas: la primera parte (capítulos 1 y 2) presenta el contexto de la teología pública, de manera que se pueda situar esta propuesta dentro de la realidad social e intelectual actual. Así, el capítulo primero da cuenta del contexto histórico, político y social desde donde surge y reflexiona la teología pública. El segundo capítulo, en cambio, se hace cargo de los diversos tipos de teología que buscan mediar entre la revelación cristiana y la realidad. Desde esta perspectiva se puede comprender cuál es el aporte de la teología pública.

La segunda parte del libro (capítulos 3 y 4) se centra en conocer los orígenes y la historia de la teología pública. A este respecto, es importante tener en cuenta que el término teología pública, tal como se usa en el mundo académico, es una corriente amplia y algo vaga sin un único método y cuyo común denominador sería el interés por la publicidad de la teología. En el cuarto capítulo, dentro de esta mirada histórica, se presenta el paradigma principal de la teología pública: el modelo crítico-correlacional de David Tracy. Tracy entiende que la teología tiene una vocación de publicidad (vocación que, obviamente, va en contra del paradigma de la secularización), de discurso público. Esto es, al menos, por dos razones: en primer lugar, la teología se hace preguntas que se hacen todos los seres humanos, independientemente de su creencia; por eso las respuestas deben ir dirigidas a todos los seres humanos. La segunda razón, es que la teología habla sobre Dios —del cual se afirma que es una verdad—; por eso un discurso sobre Él debe ser significativo para todos los seres humanos. La teología pública, desde la perspectiva de Tracy, debe seguir cuatro pasos metodológicos. El primero de ellos es su punto de partida: el pluralismo de la sociedad. Esto hace que la teología deba adaptarse a la pluralidad de públicos y de realidades. El segundo paso es considerar el concepto de clásico —que ha tomado prestado de Gadamer— como clave hermenéutica para acercarse al cristianismo. En tercer lugar, es importante ver la situación vital e histórica como lugar teológico. Finalmente, Tracy propone la imaginación analógica como el método más eficaz para la teología.

En la tercera parte de su libro (capítulos 5 y 6), Villagrán busca mostrar la relación de la teología pública con la teología moral y con la filosofía. Al respecto, vale la pena destacar que la teología pública necesita del diálogo con ambas, para así poder ir dando forma a su propio proyecto y reflexión. 

En la cuarta parte y final (capítulos 7 y 8), el autor hace una evaluación crítica de la teología pública, considerando las críticas que se le han hecho y también sus aportes a la reflexión teológica. Según Villagrán, hay cuatro críticas fundamentales que se le hacen a la teología pública: el olvido del problema de la identidad, especialmente debido a su talante dialogante; su incapacidad para llegar a posturas normativas, pues la teología pública no tiene pretensión de normatividad, sino que es una teología propositiva; su poca eficacia transformadora, debido a que la praxis queda desplazada a un segundo plano al no estar implicada en el proceso interpretativo. La última crítica se dirige a la vaguedad de su método, pues la teología pública es más una forma de hacer teología que un método. Vale la pena destacar que, en cada uno de estos aspectos criticables, también se puede descubrir una fortaleza específica que hace a la teología pública que sea muy dúctil y práctica a la hora de generar diálogo en el espacio público.

En el último capítulo del libro —y quizás el más sugerente de todos— se plantean, a través de algunos ejemplos prácticos de los últimos años, las aplicaciones y aportaciones de la teología pública. Veamos un par de ellos. El primer ejemplo que propone el autor es el del magisterio basado en la teología púbica: en los años 80 la Conferencia Episcopal Norteamericana elaboró dos documentos (The Challenge for Peace, 1983, y Economic Justice for All, 1986) que buscaban iluminar la realidad social y política norteamericana. En ambos documentos hay un esfuerzo por partir de fuentes explícitamente cristianas en la reflexión social y desde ellos plantear juicios prudenciales que busquen orientar la acción en la sociedad sin buscar imponer una determinada cosmovisión. 

Otro ejemplo —que es muy atingente para nosotros hoy— es el de la inmigración. La teóloga norteamericana Kristin Heyer analiza el problema de la inmigración a través de la categoría teológica de pecado social. A esta categoría, generalmente interpretada desde la responsabilidad individual, Heyer le da un enfoque más holístico: las estructuras son a la vez causa y consecuencia de los comportamientos pecaminosos individuales. De esta manera, las estructuras económicas, culturales y políticas que generan el fenómeno migratorio son causa de la ceguera que dificulta la hospitalidad en las sociedades de acogida. Heyer asocia esta idea de pecado social a la categoría de “egocentrismo colectivo”. De cara a la realidad de pecado estructural presente en el campo de las migraciones, Heyer presenta una alternativa basaba en la fe y en la antropología teológica cristiana: el mandato de amor al prójimo y la virtud cristiana de la hospitalidad y solidaridad junto con la idea de dignidad cristiana que pone al ser humano siempre como sujeto y no como objeto. Desde esta lectura teológica, Heyer pasa al nivel de las opciones y juicios sociopolíticos. Desde este nivel, la autora propone cambios en las políticas migratorias y en las políticas de integración de la población migrante en los Estados Unidos. En ambos casos -el de la Conferencia Episcopal y el del problema de las migraciones- la teología pública se ha mostrado como un instrumento eficaz al momento de discernir los problemas actuales e invitar al diálogo en la sociedad plural.

Teología pública es libro un muy recomendable para leer en estos tiempos de diversidad y pluralismo, pues da pistas muy valiosas para poder hacer una teología propositiva y abierta en sociedades post-seculares y pluralistas donde el diálogo se presenta como el gran espacio de construcción común.

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